Hay días en los que juras que ibas “a ritmo normal” y, de repente, miras el velocímetro y estás 10 o 15 km/h por encima de lo que creías. No siempre es prisa ni ganas de correr. Muchas veces es un fenómeno muy humano, casi automático, que aparece cuando el entorno nos “empuja” a percibir la velocidad de otra manera. A esto se le suele llamar efecto túnel, y entenderlo puede ayudarte a conducir con más calma, seguridad y precisión.
Nuestro cerebro no mide la velocidad como lo hace un GPS. La interpreta a partir de señales visuales: el flujo óptico, es decir, cómo se desplazan los objetos del entorno por nuestra visión periférica. Cuando los elementos pasan rápido a los lados (árboles, postes, guardarraíles), sentimos que vamos deprisa. Si, en cambio, el paisaje es “vacío” o muy ancho, esa sensación se reduce. Por eso en autopistas amplias, rectas y con carriles generosos, es fácil que la velocidad real suba sin que tu sensación de rapidez lo acompañe.
En los túneles, además, se suma otra cosa: la iluminación, las líneas del suelo y la proximidad de las paredes generan un patrón visual repetitivo que puede “engañar” a la percepción. A veces sentimos que vamos más rápido de lo que vamos y levantamos el pie; otras, ocurre lo contrario cuando el túnel es amplio y muy bien iluminado. En ambos casos, la conclusión es la misma: fiarse solo de la sensación es una trampa.
Este efecto también se nota al salir de un tramo urbano lento y entrar en una vía rápida. Tras varios minutos a 30 o 50 km/h, el cuerpo se acostumbra a un flujo óptico pausado. Al incorporarte a una carretera de 90 o 120, tu referencia interna tarda unos instantes en actualizarse. En ese margen, puedes acelerar de más o, al contrario, quedarte corto y estorbar sin querer. La adaptación existe, pero no es instantánea.

¿Se puede combatir? Sí, y no hace falta conducir “a la defensiva” en modo tenso. Funciona mejor lo contrario: crear pequeñas rutinas que te devuelvan el control. La primera es simple: mirar el velocímetro con intención, no de reojo. Hazlo al entrar y al salir de túneles, al cambiar de tipo de vía y después de adelantar. Son momentos típicos en los que la percepción se desajusta.
La segunda rutina es usar referencias estables. Si tu coche tiene control de crucero o limitador, son aliados perfectos para neutralizar el sesgo visual. Si no, apóyate en señales y en el ritmo del tráfico sin dejarte arrastrar. Cuando “todo el mundo” va un poco por encima, el cerebro normaliza esa velocidad y te invita a imitarla.

La tercera es cuidar la distancia de seguridad. Mantener un margen cómodo reduce la sensación de urgencia y, curiosamente, también baja la tendencia a acelerar. Cuanto más cerca vas del coche de delante, más se activa el piloto emocional y menos el racional.
La próxima vez que notes que el pie se te va, no te culpes: es percepción, no falta de voluntad. Con dos o tres chequeos conscientes, recuperarás el control y conducirás más fino. Porque al final, la conducción segura no es ir lento, sino ir deliberadamente: sabiendo a qué velocidad vas y por qué.


Un detalle extra: la fatiga y la música rápida amplifican el efecto. Con sueño, el cerebro busca estímulos y puede acelerar para “sentir” avance; con canciones intensas, el pulso sube y el ritmo se contagia. Si llueve o es de noche, revisa aún más el velocímetro siempre.